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Gustavo Godoy
Escrito por Gustavo Godoy,Redactor de plantilla
Fernando Quirós
Revisado por Fernando Quirós,Editor de plantilla

¿Códigos o átomos? El dilema de la seguridad ante la amenaza cuántica

Exploramos si la computación cuántica vulnera la seguridad global o si fortalecerá finalmente el cifrado digital.

¿Códigos o átomos? El dilema de la seguridad ante la amenaza cuántica
Opinión

El ecosistema financiero global atraviesa un momento de introspección técnica que trasciende las gráficas de precios. La reciente decisión de importantes gestoras de fondos de reubicar su capital, desplazando activos digitales hacia metales preciosos bajo la premisa del riesgo cuántico, ha puesto sobre la mesa una interrogante fundamental sobre la naturaleza de la propiedad y la seguridad. Este movimiento, encabezado por estrategas que han sido históricamente vocales sobre la escasez digital, sugiere una preocupación por la integridad a largo plazo de los sistemas criptográficos que sostienen no solo a los activos descentralizados, sino a la infraestructura económica moderna en su totalidad.

El argumento central de este cambio de cartera reside en la capacidad teórica de los ordenadores cuánticos para realizar cálculos a velocidades que los sistemas de silicio actuales no pueden alcanzar. En el corazón de esta tensión se encuentra la criptografía de clave pública, el mecanismo que permite que dos partes intercambien información o valor de forma segura sin conocerse previamente. Si un procesador cuántico con suficiente capacidad operativa llegara a materializarse, los algoritmos que hoy consideramos inexpugnables podrían volverse vulnerables. Esta posibilidad ha reavivado el interés por los activos físicos, los átomos, frente a los códigos digitales, bajo la creencia de que lo tangible ofrece una protección que el software no podrá garantizar ante una capacidad de cómputo superior.

Sin embargo, el análisis de esta amenaza requiere una perspectiva que evite el alarmismo y se centre en la realidad técnica. La vulnerabilidad que se atribuye a Bitcoin y otras criptomonedas no es una debilidad exclusiva de la tecnología blockchain. Por el contrario, se trata de una exposición universal que afecta de manera idéntica a los servidores de la banca comercial, las bases de datos gubernamentales, los registros de propiedad y los sistemas de comunicación cifrada que utilizamos diariamente. Si un ordenador cuántico lograra quebrar la seguridad de una dirección de Bitcoin, tendría la misma facilidad técnica para acceder a los ahorros depositados en una entidad financiera tradicional o para interceptar comunicaciones de alta seguridad nacional. Por lo tanto, la narrativa de abandonar el entorno digital para buscar refugio en el oro asume que el colapso de la seguridad informática solo afectaría a una clase de activos, cuando en realidad desarticularía la confianza en el sistema financiero global de forma integral.

Un aspecto fundamental que a menudo se omite en la discusión mediática es la capacidad de respuesta y adaptación de los protocolos digitales. A diferencia de las infraestructuras físicas o los sistemas bancarios heredados, que suelen ser rígidos y difíciles de actualizar debido a su excesiva burocracia y dependencia de hardware antiguo, los activos digitales basados en código abierto son evolutivos por definición. La comunidad técnica ya se encuentra investigando y desarrollando firmas resistentes a ataques cuánticos. La implementación de estos nuevos estándares de seguridad puede realizarse mediante actualizaciones del protocolo que no requieren la creación de un sistema nuevo desde cero. La flexibilidad del software permite integrar protecciones post-cuánticas de manera más ágil que la necesaria para reestructurar toda la red de comunicaciones de una entidad bancaria global, la cual depende de una cadena de proveedores y regulaciones mucho más lenta.

Al observar el estado actual de la tecnología en el presente año, la distancia entre la teoría y la práctica sigue siendo considerable. La cantidad de unidades de información cuántica estables necesarias para realizar un ataque exitoso contra la criptografía actual supera por mucho las capacidades de los prototipos existentes. Los desafíos técnicos relacionados con la corrección de errores y la estabilidad térmica de estos sistemas sugieren que el riesgo inminente es menor de lo que las rotaciones de cartera institucionales podrían dar a entender. En este sentido, el movimiento de capitales parece responder más a una gestión de la narrativa y a una búsqueda de activos con menor volatilidad percibida que a un fallo técnico comprobado en la estructura de los activos digitales.

La comparación entre el oro y el código nos lleva a una reflexión sobre la procedencia de la confianza. El oro ha servido como reserva de valor durante milenios debido a sus propiedades químicas y su escasez física. No depende de la electricidad ni de complejos algoritmos para existir. No obstante, en un mundo donde la economía está profundamente digitalizada, la utilidad del oro como refugio ante un fallo sistémico de la criptografía es limitada. Si el cifrado que protege las transferencias bancarias y los mercados de valores desapareciera, la capacidad de comercializar, transportar y validar la pureza de los metales preciosos a gran escala también se vería gravemente comprometida. La seguridad en el siglo veintiuno no es un compartimento estanco; es una red interconectada donde la caída de un nodo digital afecta la liquidez de los activos físicos.

Por otro lado, es necesario analizar si la transición hacia estándares criptográficos más complejos podría traer consigo nuevos problemas. La introducción de algoritmos diseñados para resistir la computación cuántica suele implicar un aumento en el tamaño de las firmas y los datos necesarios para validar cada operación. Esto podría generar una mayor demanda de almacenamiento y procesamiento, lo que a su vez podría centralizar el control de las redes en manos de quienes posean la infraestructura necesaria para gestionar tal volumen de información. Así, el intento de proteger la privacidad y la propiedad frente a la amenaza cuántica podría derivar en una pérdida de la eficiencia o en una alteración de las propiedades de descentralización que hacen atractivos a ciertos activos digitales.

Claro que es posible argumentar que el desarrollo de la computación cuántica, en lugar de ser el fin de la seguridad digital, podría ser su mayor catalizador de fortalecimiento. El surgimiento de una herramienta capaz de romper los sistemas actuales obliga a la humanidad a descubrir y aplicar leyes de la física aún más profundas para proteger la información. 

En este sentido, la existencia de una amenaza cuántica garantiza que la criptografía del futuro será órdenes de magnitud más robusta que la actual. Lejos de volver a un mundo de intercambio puramente físico de átomos, la presión tecnológica podría consolidar al código como el medio de intercambio más seguro jamás creado, precisamente porque su supervivencia depende de una innovación constante que el oro, en su estado estático y natural, no puede ofrecer. El riesgo, por tanto, no reside en la tecnología misma, sino en la velocidad de la transición, sugiriendo que aquellos sistemas que no puedan actualizarse serán los únicos que realmente deban temer al avance del cálculo cuántico.

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