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Gustavo Godoy
Escrito por Gustavo Godoy,Redactor de plantilla
Fernando Quirós
Revisado por Fernando Quirós,Editor de plantilla

Acuerdo UE-Mercosur: ¿Qué gana y qué pierde España?

Un análisis sobre el impacto estratégico, las oportunidades industriales y los desafíos agrícolas del acuerdo transatlántico.

Acuerdo UE-Mercosur: ¿Qué gana y qué pierde España?
Opinión

La arquitectura comercial del siglo XXI ha encontrado en el eje trasatlántico uno de sus desafíos más persistentes y, a la vez, más prometedores. Para España, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur no es simplemente un tratado de libre comercio más; es una apuesta estratégica que toca las fibras más sensibles de su estructura productiva y su peso político dentro del bloque comunitario. Como principal puente histórico y cultural entre ambos continentes, Madrid ha liderado la presión en Bruselas para cerrar un pacto que lleva un cuarto de siglo en el limbo diplomático, consciente de que los beneficios potenciales son tan vastos como los riesgos que asumen sus sectores tradicionales

Desde una perspectiva geoestratégica, España se posiciona como la gran ganadora política. La ratificación del acuerdo consolidaría la influencia española en la política exterior de la Unión, validando su rol de "portero" y experto en los asuntos iberoamericanos. En un contexto donde la Unión Europea busca diversificar sus fuentes de suministro para reducir la dependencia de China y Rusia, España emerge como el centro logístico y financiero natural para las empresas europeas que buscan desembarcar en el Cono Sur. Esta relevancia política se traduce en una capacidad de negociación interna en Bruselas que España difícilmente podría sostener sin este vínculo privilegiado con el Mercosur.

En el terreno económico, las ganancias para el tejido empresarial español son evidentes en los sectores de alto valor añadido. España posee una ventaja comparativa en áreas como la banca, las telecomunicaciones, la energía y las infraestructuras, sectores donde el Mercosur mantiene barreras de entrada considerables. La eliminación de aranceles y la apertura de las licitaciones públicas en países como Brasil y Argentina representarían un campo de expansión sin precedentes para las multinacionales españolas. La posibilidad de que una constructora madrileña o una tecnológica barcelonesa compita en igualdad de condiciones en obras de ingeniería en São Paulo o Montevideo es el gran motor detrás del entusiasmo del sector servicios.

Además, la industria manufacturera española, especialmente el sector automotriz y la maquinaria pesada, encontraría en el bloque sudamericano un mercado ávido de bienes terminados. Actualmente, los aranceles para los vehículos europeos en el Mercosur pueden alcanzar hasta el 35%, una cifra que asfixia la competitividad. El acuerdo permitiría a las plantas españolas aumentar su volumen de exportación, integrando a España de forma más profunda en la cadena de suministro global y aliviando la balanza comercial con productos de tecnología media-alta.

Sin embargo, el análisis de las pérdidas revela una realidad mucho más cruda para el sector primario español. La agricultura y la ganadería son los "daños colaterales" en esta ecuación de libre mercado. España, que tradicionalmente se ha jactado de ser la huerta de Europa, se enfrenta a una competencia asimétrica con los gigantes del sur. Los productores de carne de vacuno, cereales y azúcar ven con temor la llegada masiva de productos sudamericanos que, debido a su escala latifundista y menores costes de producción, pueden hundir los precios locales.

La vulnerabilidad del campo español no es solo una cuestión de precios, sino de normativas. Mientras los agricultores españoles deben cumplir con las estrictas exigencias de la Política Agraria Común (PAC), que impone estándares rigurosos en el uso de fitosanitarios, bienestar animal y sostenibilidad, sus homólogos en el Mercosur operan bajo marcos legales mucho más laxos. Esta disparidad regulatoria es percibida en las zonas rurales de España como una competencia desleal. El riesgo de que el sector primario español sea sacrificado en favor de las grandes constructoras y bancos es una tensión social que el Gobierno central ha tenido dificultades para gestionar.

El obstáculo de la sostenibilidad, que ha frenado la ratificación en países como Francia o Austria, también resuena en el debate español, aunque con matices diferentes. Para España, el cumplimiento de los estándares ecológicos por parte del Mercosur es una necesidad para proteger su propio mercado, pero también una cuestión de coherencia climática. No obstante, existe la sospecha de que algunas de estas exigencias medioambientales actúan como un proteccionismo encubierto.

España se encuentra en una posición delicada. Por un lado, apoya la transición verde de la Unión Europea; por otro, sabe que si las condiciones impuestas al Mercosur son inalcanzables, el acuerdo colapsará, perjudicando sus intereses industriales. La pérdida para España, en este sentido, sería el costo de oportunidad: ver cómo otras potencias, especialmente China, ocupan el espacio comercial en Sudamérica mientras Europa se enreda en discusiones técnicas sobre la trazabilidad de la carne o la deforestación de la Amazonía.

Es necesario considerar si la resistencia de ciertos sectores españoles al acuerdo responde a una debilidad estructural que la protección arancelaria solo está prolongando. Al igual que el Mercosur teme la "primarización", España teme la pérdida de su soberanía alimentaria. Pero la realidad es que el aislamiento comercial no es una garantía de supervivencia. La exposición a la competencia del Mercosur podría forzar al sector agroalimentario español a una transformación definitiva hacia la calidad, la denominación de origen y la sostenibilidad extrema, nichos donde los productos masivos de Sudamérica no pueden competir.

La pérdida de cuota de mercado en productos de bajo valor podría ser el impulso necesario para que el campo español deje de depender tanto de los subsidios de la PAC y se enfoque en la innovación biotecnológica y en cultivos de alto rendimiento. De este modo, lo que hoy se vive como una amenaza de quiebra para las explotaciones tradicionales podría convertirse en el catalizador para una agricultura del siglo XXI, más resiliente y tecnificada.

En última instancia, lo que España se juega con el acuerdo UE-Mercosur es su capacidad de adaptación al nuevo orden económico mundial. Las ganancias son claras: expansión para sus grandes empresas, mayor peso político en la UE y un acceso preferente a materias primas críticas para la transición energética. Las pérdidas son igualmente tangibles: un estrés sin precedentes para su sector ganadero y agrícola, y la posibilidad de un descontento social creciente en las regiones rurales.

España no puede permitirse el lujo de que este tratado fracase. La alternativa es quedar relegada a la periferia de un comercio global que se está reorganizando en bloques cerrados. La firma del acuerdo no es el final del camino, sino el inicio de una transición dolorosa pero necesaria. España pierde el confort del proteccionismo tradicional, pero gana la oportunidad de liderar la transformación de las relaciones entre Europa y América Latina, asegurando su lugar como el nodo central de un mercado de más de 800 millones de personas. El verdadero riesgo para España no es la competencia con el Mercosur, sino la irrelevancia que supondría dar la espalda al bloque comercial que definirá el futuro del Atlántico Sur.

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