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Gustavo Godoy
Escrito por Gustavo Godoy,Redactor de plantilla
Fernando Quirós
Revisado por Fernando Quirós,Editor de plantilla

¿Cómo logró la economía española batir a Alemania y Francia?

España lidera el crecimiento europeo transformando antiguas debilidades en ventajas competitivas frente al agotamiento industrial franco-alemán.

¿Cómo logró la economía española batir a Alemania y Francia?
Opinión

La inercia económica del continente se ha fracturado, dando paso a una geografía del crecimiento donde los antiguos motores se detienen y los actores periféricos asumen el liderazgo. España, tradicionalmente señalada por sus desequilibrios estructurales y su elevada dependencia de ciclos volátiles, se ha posicionado en el presente ejercicio como el principal motor de crecimiento entre las grandes potencias de la eurozona. Mientras el modelo industrial de Alemania muestra signos de agotamiento y Francia lidia con un dinamismo limitado por su rigidez fiscal, la economía española exhibe una resiliencia que invita a un análisis profundo sobre las causas de este fenómeno. Esta transformación no responde a un único evento aislado, sino a una convergencia de factores que han permitido al país transformar antiguas vulnerabilidades en ventajas competitivas dentro del nuevo orden energético y tecnológico global.

Históricamente, la estructura productiva española fue criticada por su excesiva concentración en los servicios y su escaso peso industrial en comparación con otros gigantes. No obstante, las crisis geopolíticas recientes han alterado la jerarquía de los activos económicos. Alemania ha fundamentado su hegemonía durante décadas en una industria pesada alimentada por energía barata procedente de Rusia y una demanda exterior robusta, principalmente de China. Al quebrarse ambos pilares debido al conflicto en Ucrania y a la ralentización del gigante asiático, el motor alemán ha comenzado a gripar. En este contexto, la supuesta debilidad industrial española ha operado como un escudo protector. Al no poseer un sector manufacturero tan intensivo en gas, España no ha sufrido el mismo grado de parálisis productiva que sus vecinos del norte, permitiendo que otros sectores tomen el relevo con mayor agilidad.

El sector servicios ha evolucionado de manera significativa, dejando de ser exclusivamente sinónimo de hostelería estacional. Si bien el turismo ha recuperado y superado los niveles previos a la crisis sanitaria, la verdadera novedad reside en la exportación de servicios no turísticos. España se ha convertido en un centro de servicios para empresas que incluyen consultoría, servicios informáticos y soluciones tecnológicas de alto valor añadido. Esta diversificación ha dotado a la cuenta corriente española de una robustez inédita, permitiendo que la economía capte capital extranjero de forma más equilibrada. La competitividad en costes, sumada a una fuerza laboral cualificada en áreas técnicas, ha facilitado que Madrid y Barcelona compitan directamente con otros centros financieros y tecnológicos europeos que presentan costes operativos mucho más elevados.

La gestión de la energía representa otro pilar fundamental en esta comparativa. La península ibérica ha pasado de ser una isla energética a convertirse en un referente de diversificación. Gracias a una apuesta sostenida por las energías renovables y a una infraestructura de regasificación que representa una parte muy significativa de la capacidad total de la Unión Europea, España ha logrado desvincularse parcialmente de la volatilidad del gas natural centroeuropeo. La implementación de medidas regulatorias excepcionales permitió contener los precios de la electricidad para los consumidores y las empresas, otorgando una ventaja competitiva en costes operativos frente a la industria francesa y alemana. Esta autonomía energética ha sido determinante para mantener la actividad económica en un periodo de alta inflación donde el coste de la energía fue el principal lastre para el crecimiento en el resto del continente.

A esto se suma el papel de los estímulos fiscales derivados de los fondos europeos de recuperación. La agilidad en la canalización de estos recursos hacia proyectos de digitalización y sostenibilidad ha inyectado una liquidez esencial en el tejido productivo. Mientras otros países han tenido dificultades burocráticas para absorber estas ayudas, el flujo constante de capital hacia la inversión pública y privada en España ha actuado como un contrapeso necesario frente a la política monetaria restrictiva del Banco Central Europeo. Este impulso ha permitido que la inversión no se desplome a pesar del incremento en los tipos de interés, manteniendo viva la demanda interna y fomentando la modernización de sectores que anteriormente carecían de incentivos para la actualización tecnológica.

No obstante, el crecimiento actual presenta una naturaleza paradójica que cuestiona la sostenibilidad del modelo a largo plazo. Una parte sustancial del dinamismo observado se apoya en un incremento notable de la población activa debido a los flujos migratorios, lo cual permite aumentar el producto interior bruto de forma extensiva, pero no necesariamente intensiva. Es decir, se produce más porque hay más personas trabajando, pero la productividad por hora trabajada sigue siendo una asignatura pendiente que separa a España de los niveles de bienestar de Alemania o Francia. El empleo generado tiende a concentrarse en sectores de valor añadido medio o bajo, lo que mantiene la renta per cápita en niveles que no terminan de converger con la media de las economías más avanzadas de Europa.

Por otro lado, la salud de las cuentas públicas sigue siendo un motivo de preocupación para los observadores internacionales. A pesar del crecimiento del producto interior bruto, la deuda pública y el déficit estructural permanecen en niveles elevados. El dinamismo económico ha permitido mejorar los ingresos fiscales, pero el gasto público también ha crecido de forma significativa, especialmente en áreas vinculadas al sistema de pensiones y al mantenimiento de una administración pública de gran tamaño. Existe el riesgo de que el actual periodo de bonanza se perciba como una solución definitiva a problemas que son, en realidad, de carácter crónico. La dependencia de los vientos de cola externos y de los fondos comunitarios podría enmascarar la necesidad de reformas estructurales más profundas en el mercado laboral y en la eficiencia de la inversión pública.

En el ámbito financiero, la banca española ha mostrado una solidez superior a la de crisis anteriores, beneficiándose de la subida de tipos de interés sin sufrir el deterioro de activos que se temía inicialmente. Sin embargo, el sector inmobiliario y el consumo de las familias empiezan a mostrar signos de fatiga ante el encarecimiento del crédito. La dualidad entre una macroeconomía que brilla en los informes de Bruselas y una microeconomía donde las familias enfrentan una pérdida de poder adquisitivo debido a la inflación acumulada crea una tensión social y política que no debe ignorarse. La percepción de éxito económico que transmiten las cifras generales no siempre se traduce en una mejora tangible de la calidad de vida para todos los estratos de la población.

Claro que, aunque los indicadores actuales sitúen a España a la cabeza del crecimiento, esto podría ser el resultado de un ajuste temporal del ciclo económico más que de una transformación definitiva del modelo productivo. Es factible argumentar que el estancamiento de Alemania no es una señal de decadencia terminal, sino una fase de reestructuración necesaria para adaptar su potente base industrial a la era de la inteligencia artificial y la energía verde. 

Por el contrario, el crecimiento español podría estar alcanzando su techo de eficiencia dentro de sus límites actuales. Si la industria alemana logra completar su transición energética y recuperar sus cadenas de suministro, la ventaja comparativa basada en servicios y energía barata que hoy favorece a España podría diluirse rápidamente, revelando que el avance actual fue, en parte, una consecuencia de la debilidad ajena más que de una fortaleza propia indestructible.

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