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Gustavo Godoy
Escrito por Gustavo Godoy,Redactor de plantilla
Fernando Quirós
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¿Está México repitiendo los errores de Venezuela?

México enfrenta el riesgo de una economía dependiente de factores externos, como Venezuela del petróleo.

¿Está México repitiendo los errores de Venezuela?
Opinión

La historia económica está plagada de ejemplos que demuestran cómo la prosperidad puede ser tan fugaz como el viento que la trae. El auge de una nación, a menudo, se entrelaza con la fortuna de un único recurso o factor externo, creando un espejismo de estabilidad que esconde vulnerabilidades profundas. México, con su moneda robusta, se encuentra hoy en una encrucijada que evoca ecos del pasado de otras naciones latinoamericanas. La pregunta no es si el éxito es real, sino si el cimiento sobre el que se construye es lo suficientemente sólido para resistir las inclemencias del futuro.

El "superpeso" mexicano es motivo de orgullo nacional. Su fortaleza frente al dólar se celebra como un indicio de una economía sana y un gobierno fiscalmente prudente. Sin embargo, la historia nos enseña que una moneda fuerte, cuando su valor no se deriva de una productividad interna diversificada, puede ser una espada de doble filo. La dependencia de factores externos para mantener la fortaleza de una moneda es un riesgo que puede generar desequilibrios severos.

Un vistazo a la historia de Venezuela nos ofrece una lección contundente. El país, en su apogeo petrolero, disfrutó de una bonanza que le valió el apodo de "Venezuela Saudita". La riqueza del petróleo, que fluía sin cesar, mantuvo una moneda artificialmente fuerte y permitió una importación masiva de bienes. La economía, lejos de diversificarse, se atrofió, volviéndose completamente dependiente de la fluctuación de los precios del crudo. Cuando el precio del petróleo colapsó, el castillo de naipes se derrumbó. La moneda se devaluó, la inflación se disparó, y la escasez se convirtió en la norma. El error de Venezuela no fue tener petróleo, sino permitir que una única fuente de riqueza definiera y dominara toda su estructura económica.

México, aunque por razones diferentes, enfrenta un dilema similar. La fortaleza actual del peso se atribuye en gran medida a dos factores externos: las remesas y el "nearshoring". Las remesas, el dinero que los migrantes mexicanos envían a sus familias, se han convertido en una fuente de divisas crucial para la economía. Estas transferencias, si bien son un alivio para millones de familias, también representan una entrada de capital que impulsa la demanda de la moneda local, haciéndola más cara. . Este fenómeno, si bien beneficia a los receptores, encarece las exportaciones mexicanas, perjudicando a los productores locales que compiten en el mercado global.

El "nearshoring," el movimiento de empresas que reubican sus operaciones más cerca de sus mercados principales (en este caso, Estados Unidos), es otra fuente de divisas que fortalece al peso. El capital extranjero que fluye hacia México para construir fábricas y establecer cadenas de suministro genera un efecto similar. Sin embargo, la dependencia de la inversión extranjera directa, aunque positiva a corto plazo, puede ser volátil. Una desaceleración en la economía global, un cambio en las políticas comerciales o la aparición de un nuevo destino de inversión pueden revertir esta tendencia. La historia nos ha demostrado que la inversión extranjera es un bien caprichoso.

La comparación con Venezuela, aunque con matices, es útil para entender los riesgos. La dependencia excesiva de una única fuente de divisas, ya sea petróleo en el caso venezolano o la combinación de remesas y "nearshoring" en el caso mexicano, puede generar desequilibrios insostenibles. Una moneda fuerte artificialmente, al igual que una marea alta, puede ocultar las rocas de una economía poco diversificada. Las empresas locales que no pueden competir con las importaciones más baratas sufren, y la economía se vuelve cada vez más vulnerable a los caprichos del mercado global.

El riesgo inherente es que la estructura productiva del país se atrofie. Si es más fácil y rentable importar que producir, se desincentiva la innovación y el desarrollo de industrias locales. Se crea un ciclo vicioso en el que la fortaleza de la moneda, impulsada por factores externos, debilita la capacidad interna de la economía para sostenerse por sí misma. . La prosperidad aparente se convierte en un espejismo que se desvanece en cuanto la fuente externa de divisas se seca.

La lección de Venezuela es que la fortaleza de una nación no reside en la riqueza de un único recurso, sino en la resiliencia y diversidad de su economía. El dinero del petróleo no se transformó en una industria manufacturera robusta o en un sector tecnológico de punta. Simplemente, fluyó hacia la importación de bienes de consumo, creando una dependencia que demostró ser su perdición.

México, con su "superpeso", tiene la oportunidad de aprender de estas lecciones. El desafío no es evitar las remesas o el "nearshoring", sino utilizarlos como una palanca para diversificar la economía. La entrada de capital debe ser canalizada hacia la inversión en infraestructura, educación y tecnología, de tal manera que el país construya una base productiva sólida que pueda generar riqueza de manera autónoma, más allá de la dependencia de factores externos.

Si bien la comparación con Venezuela ofrece una advertencia sobre los peligros de la dependencia externa, es crucial evitar una analogía simplista. Habría que añadir matices y equilibrio a la discusión, y estos residen en la resiliencia de las instituciones. México, a diferencia de Venezuela, posee una historia de estabilidad macroeconómica y una estructura institucional que ha demostrado ser más robusta. La fortaleza del peso no es únicamente producto de flujos de capital externos; también refleja la confianza de los inversores en la disciplina fiscal del Banco de México y en la solidez de sus fundamentos macroeconómicos. 

Aunque el riesgo de una excesiva dependencia existe, el hecho de que México cuente con un andamiaje institucional que ha resistido múltiples crisis económicas sugiere que tiene herramientas para gestionar estos desafíos. La comparación con Venezuela, por lo tanto, podría ignorar un factor crucial: la capacidad de adaptación y la seriedad de las instituciones mexicanas para evitar caer en los mismos errores de política económica que llevaron al colapso de otras naciones. 

Entonces, el peligro no reside tanto en el origen de las divisas, sino en la respuesta institucional frente a esos flujos. La verdadera prueba para México no es si tiene un "superpeso", sino si su clase política y sus instituciones están preparadas para gestionar la riqueza de manera sostenible.

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