Más allá de que se parezca al enanito gruñón de Blancanieves, debemos reconocer que el profesor Nouriel Roubini, también conocido como Doctor Boom o Doctor Catástrofe, tiene mucha puntería con sus predicciones. El hombre tiene un gran olfato para detectar las tormentas. Para empezar, fue uno de los pocos economistas que nos advirtió con sorprendente exactitud la crisis financiera del 2008. Y, durante el 2019, dijo una y otra vez que en el 2020 comenzaría una gran crisis económica. Nunca habló del coronavirus, por supuesto. Eso ya sería demasiado pedir. Sin embargo, según él, esta crisis era inevitable. Pero, bueno, ya tenemos la crisis con nosotros. Ya llegó. ¿Qué nos está diciendo Doctor Doom ahora?
Rindiéndole honor a su apodo, Doctor Catástrofe solo ve catástrofe en el futuro. El profesor Nouriel Roubini es un destacado economista de origen judío-iraní, aunque nació en Turquía, que alcanzó la fama durante la crisis del 2008 debido a sus acertadas predicciones y sus densos argumentos. La prensa lo adora porque el profe es todo un personaje. Parece sacado de un comic. Obviamente que es un brillante economista. Pero su carácter grave y sombrío es lo que realmente llama la atención durante sus intervenciones mediáticas. Es tan pesimista que a veces resulta gracioso.
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Yo francamente pienso que el profesor Roubini nunca ha sonreído en su vida. Siempre se ve con el ceño fruncido y los labios torcidos. Parece que se hubiera tragado un limón. Las palabras salen de su boca como las balas de una ametralladora. Siempre suena molesto, indignado y harto de la vida. Con una nube gris encima. Está hasta la coronilla de ti y te está leyendo la cartilla por última vez. Es una mezcla del doctor Chapatín y de J.J Jameson, el jefe de Peter Parker, pero sin el bigote y en versión iraní. Así es el Doctor Doom, como el abuelo de Heidi.
Claro que la cuestión con Doctor Doom es que ese demonio de Tasmania tiene una bola de cristal. Algo que preocupa porque siempre está hablando de catástrofe y depresión. Es sumamente negativo y uno quiere no creerle. Pero es una especie de Ley de Murphy ambulante. Es decir, si el Doctor Doom lo dice y es terrible, probablemente se hará realidad. ¡Rayos, profesor!
El profesor habla hasta por los codos y nos dice muy claramente todos los males que se nos avecinan. Uno podría pensar que el profesor por ser una gran pesimista se inclinaría por una crisis tipo W y no por un V como muchas están esperando, o tal vez una U. Pero, lamentablemente, las cosas nunca son así de fáciles con él. Él, por supuesto, espera una crisis tipo L. En otras palabras, caemos en el pozo y estaremos ahí por una larga y dolorosa década. Y él a esto lo llama, nada más y nada menos que “LA MÁS GRAAANDE DEPRESIÓN”.
Resulta interesante que sus predicciones se sustentan en argumentos casi idénticos a los de Ray Dalio, el gurú de los fondos de cobertura que también nos está hablando de una “década perdida”. Y toda comienza con una reducción importante del gasto y un aumento obligado del ahorro. Eso por supuesto baja la demanda creando un cuadro deflacionario. Debido a la falta de ingresos, los despidos se hacen virales. Y todo aumenta en un proceso que se retroalimenta como una gran bola de nieve.
Según el Doctor Doom, Wall Street está “delirando” y son como “zombies” atraídos por los estímulos de la Reserva Federal. Estos estímulos son necesarios en el corto plazo para frenar la deflación, pero no son una panacea. Las grandes firmas tienen más capacidad para sobrellevar la situación, porque sus colchones son más grandes y porque el Tío Sam no las dejará morir. Pero la realidad de la pequeña y mediana empresa es una muy distinta. El gran problema es el tamaño de la deuda. Claro que el déficit y la deuda soberana. Pero también la deuda privada. Este es un peso en el hombro que llevan todos en el sector privado y ciertamente afectará los ingresos.
Por una parte, tenemos a los millones de desempleados. Es cierto que la tasa de desempleo ha mejorado un poco desde su gran caída de abril, pero estos datos no mencionan la calidad de esos nuevos puestos de trabajo. Porque muchas de las empresas que despidieron a su gente en abril sí están llamando a su gente de vuelta, pero muchos de ellos están ofreciendo mucho menos. Y estos empleos nuevos, aunque oficialmente mejoran la tasa de desempleo, debido a que son empleos de mala calidad, también estimulan la caída del gasto.
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Entonces, el escenario de bajos ingresos con una deuda gigante no resulta muy prometedor para el sector empresarial. Eso obviamente afectará los fundamentales. Y, por ende, las valoraciones de las compañías. Los estímulos ayudan, pero no solucionan todo. Especialmente, porque estamos experimentando un proceso de desglobalización. Y esto será inflacionario. Lo que implica que esta crisis podría pasar de ser una crisis deflacionaria a una crisis con estanflación. Es decir, una crisis a la Latinoamericana.
Las crisis del primer mundo suelen ser deflacionarias. O sea, los precios bajan y sube el desempleo. Las crisis deflacionarias reaccionan muy bien ante las inyecciones de liquidez por parte de los bancos centrales, porque hay un aparato productivo efectivo que responde favorablemente a la liquidez. Sin embargo, las crisis en Latinoamérica suelen ser distintas.
Estas normalmente presentan un estancamiento económico, un aumento del desempleo y alzas en los precios. Estanflación. Y esto ocurre porque los bancos centrales imprimen dinero sin tomar en cuenta la producción real en la economía real. Todos suele estar motivado por la política y la demagogia. Es decir, el dinero inorgánico es pasto fresco para papá estado.
Producción sin dinero es deflación. Dinero sin producción es inflación. Y dinero con producción es crecimiento.
El nuevo nacionalismo económico y las tensiones geopolíticas podrían causar muchos estragos en el ámbito económico mundial. Los costos de producción verán un incremento importante, si todos se refugian en sus feudos y comienza una oleada de proteccionismo. Si las fábricas regresan y dejamos de comprar todo en China para comprar en casa, debemos entender que eso tiene su costo. Los productos hechos en casa son más costosos. Si disminuimos las importaciones cerrando nuestros puertos, la disminución del suministro externo creará inflación. Imprimir dinero ya no tendrá el mismo efecto que está teniendo ahora. Estados Unidos, por ejemplo, sin importaciones y sin inmigrantes. ¿Cómo esperan aumentar sus ingresos corporativos?
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Ahora bien, ¿qué significa todo esto para nosotros los criptonautas? ¿Acaso no veremos vida en 10 años? Bueno, asumiendo que Doctor Doom está en el correcto. Francamente opino que nosotros estaremos bien. Y este no es un pensamiento iluso debido a que todos mis huevos están en la canasta cripto. Si bien es cierto que durante esta crisis Bitcoin se ha correlacionado al S&P 500, y nunca he creído el cuento de que Bitcoin es un refugio seguro como el oro, me considero un optimista empedernido de su futuro.
Pese a que en lo personal me refugio en él, cuando digo que no es un refugio seguro me refiero específicamente a su volatilidad a corto plazo. Algo que no estoy inventando. Es un hecho. Sin embargo, esa volatilidad no me molesta porque yo estoy por el largo plazo. Bitcoin tal vez no sea un refugio seguro. Es decir, un ratón en su cueva de piedra temblando de miedo como los escobajos del oro.
Pero sí es un león. En otras palabras, una fiera salvaje, caótica, volátil y valiente. Un refugio de crecimiento. Confió en su carácter no correlacionado en el largo plazo. Es decir, será ambidiestro. Bajará y subirá con S&P 500 a veces. Pero otras veces no. No será una copia al carbón y en términos generales seguirá su propio camino. Coincido mucho con Doctor Doom, pero no arrugo la cara como él. La fortuna siempre premia a los pacientes.