El mercado global de stablecoins atraviesa uno de sus momentos más expansivos. Según Bloomberg, las transacciones con estos activos digitales alcanzaron un récord de USD 33 billones en 2025, lo que representó un crecimiento de 72% respecto a 2024, de acuerdo con datos de Artemis Analytics recopilados por ese medio.
El volumen estuvo dominado por stablecoins vinculadas al dólar estadounidense, principalmente USDT y USDC, que juntas representaron más del 95% del total transaccionado.
Bloomberg también reportó que las stablecoins respaldadas por dinero fiduciario ya superan los USD 284.000 millones en circulación. Es decir, el mercado no sólo crece en uso, sino también en capitalización. Sin embargo, ese auge global contrasta con la realidad salvadoreña.
En El Salvador, el uso de criptomonedas para remesas sigue siendo reducido. Según el Banco Central de Reserva (BCR), en enero de 2026 las billeteras digitales de criptomonedas representaron apenas el 0,7% del total de remesas recibidas. En contraste, las transferencias en ventanilla concentraron el 58,2% y los depósitos a cuenta el 37,1%. La diferencia es evidente.
Uno de los factores estructurales más importantes es la dolarización. A diferencia de países como Argentina o Venezuela, donde la inflación y la depreciación monetaria han impulsado el uso de stablecoins como mecanismo para acceder al dólar y proteger el poder adquisitivo, El Salvador opera con dólar estadounidense desde 2001.
No existe una urgencia macroeconómica que obligue a buscar refugio en un dólar tokenizado. La población ya tiene acceso directo a la moneda estadounidense y, además, el país ha mantenido niveles de inflación bajos en comparación con economías de alta volatilidad cambiaria.
En otras palabras, el incentivo principal que impulsa la adopción de stablecoins en otras regiones simplemente no está presente con la misma intensidad en El Salvador.
El segundo factor es educativo y cultural. Las remesas representan alrededor del 24% del Producto Interno Bruto salvadoreño, según cifras del BCR y reportes económicos recientes. Esto convierte al país en una de las economías más dependientes de estos flujos en el mundo.
El costo promedio global de enviar remesas ronda el 6,4% del monto enviado, según datos del Banco Mundial. Si se aplicara ese promedio a los miles de millones que ingresan cada año al país, el ahorro potencial mediante alternativas más eficientes podría representar cientos de millones de dólares anuales para las familias salvadoreñas. Sin embargo, la realidad es que los canales tradicionales siguen dominando.
Detrás de estas cifras hay una dimensión demográfica importante. Muchas de las personas que reciben remesas son madres de familia o adultos mayores que prefieren métodos conocidos, como retirar efectivo en ventanilla o recibir depósitos bancarios tradicionales.
Del lado de quienes envían desde Estados Unidos, ocurre algo similar. Aunque existan alternativas digitales con menores costos, la confianza en empresas tradicionales de remesas sigue siendo determinante. Cambiar hábitos financieros no es un proceso inmediato.
Además, todavía existe desconfianza hacia plataformas digitales y wallets. No se trata sólo de entender cómo funciona una aplicación, sino de confiar en que el dinero estará seguro.
El ecosistema ha puesto mucho énfasis en desarrollar wallets y soluciones tecnológicas. Pero ha invertido menos en educación masiva y en construcción de confianza social. La infraestructura existe. La adopción cultural aún no.
Un tercer elemento tiene que ver con el desarrollo del ecosistema de activos digitales en el país. El Salvador cuenta con un marco regulatorio específico para activos digitales y tokenización. Sin embargo, muchas emisiones se han enfocado en esquemas privados o dirigidos a inversionistas institucionales. Los proyectos abiertos al público todavía son limitados y, en varios casos, no ofrecen productos financieros lo suficientemente robustos o atractivos para el inversionista promedio.
Mientras las stablecoins se perciban únicamente como una versión digital del dólar, su potencial seguirá siendo restringido.
En mercados como Estados Unidos, donde también existe el dólar físico y bancario, las stablecoins se utilizan por razones distintas: liquidez 24/7, liquidación inmediata y eficiencia en mercados digitales. No sustituyen al dólar. Funcionan como una capa adicional de infraestructura financiera. Ese nivel de sofisticación todavía no se ha trasladado al usuario común en El Salvador.
Existen oportunidades claras, como el pago a freelancers que trabajan para plataformas internacionales o la integración en comercio digital transfronterizo. Pero para que esos casos de uso despeguen se requiere educación financiera, alfabetización digital y productos diseñados pensando realmente en el usuario final.
El potencial está ahí. El contexto regulatorio también. Lo que falta es una combinación de confianza, educación y diseño de soluciones concretas que hagan evidente el beneficio frente a lo tradicional.
El auge global demuestra que las stablecoins ya son una pieza relevante del sistema financiero digital. En El Salvador, su adopción dependerá menos de la tecnología y más de la capacidad del ecosistema para traducir sus ventajas técnicas en beneficios cotidianos comprensibles para la población.
Cuando eso ocurra, el crecimiento podría acelerarse. Por ahora, la distancia entre el récord global y la realidad local refleja que la transformación financiera es, ante todo, un proceso cultural y estructural.
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