El ecosistema de activos digitales atraviesa una etapa de expansión acelerada. Cada vez son más los proyectos que recurren a la tokenización como una vía para estructurar inversiones, facilitar el acceso a capital o modernizar instrumentos financieros. Sin embargo, detrás de este crecimiento hay una realidad que comienza a hacerse evidente: el desarrollo de tokens ha avanzado más rápido que la construcción de modelos de negocio y mercados funcionales para esos activos.
En teoría, la tokenización promete eficiencia, acceso global y liquidez. En la práctica, muchos de estos activos enfrentan un problema fundamental: no se negocian. Tienen poco volumen, escasa actividad en mercados secundarios y, en muchos casos, prácticamente no cuentan con compradores. Esto revela una falla estructural que no puede resolverse únicamente desde el diseño técnico.
Puedes tener un token perfecto… pero si nadie compra, no hay mercado.
Este es, quizás, el punto más crítico del ecosistema actual. Durante los últimos años, gran parte de la conversación se ha centrado en el diseño del token: distribución, vesting, incentivos, mecanismos de recompra o captura de valor. Pero se ha dejado en segundo plano una pregunta más importante: ¿existe realmente demanda por el activo subyacente?
En el caso de los activos del mundo real (RWA), esta desconexión se vuelve aún más evidente. Muchos emisores están utilizando la tokenización como una herramienta para captar capital, pero no necesariamente para construir mercados líquidos. Es decir, el enfoque está en emitir el activo, no en asegurar su negociación posterior.
Esto explica por qué la liquidez sigue siendo un "cuello de botella crítico" para el desarrollo del sector. Sin liquidez, no hay salida para el inversionista. Y sin posibilidad de salida, el atractivo del activo disminuye considerablemente, especialmente para participantes más sofisticados como fondos de inversión o actores institucionales.
En mercados emergentes como los de Latinoamérica, este problema se intensifica. La profundidad de mercado es menor, el acceso a capital es más limitado y la base de inversionistas es más reducida. En este contexto, los errores en el modelo de negocio no sólo son más visibles, sino también más costosos.
El Salvador ofrece un caso interesante para analizar esta dinámica. Hasta ahora, la mayoría de las emisiones de activos digitales han sido privadas, donde la liquidez suele estar previamente estructurada entre las partes involucradas. En ese entorno, los resultados han sido, en general, positivos.
El reto aparece en las emisiones públicas. Hasta el momento, ninguna ha logrado atraer de manera significativa al mercado retail, al segmento corporativo o a fondos de inversión. Esto no necesariamente responde a una falla tecnológica o regulatoria, sino a una cuestión más profunda: el modelo detrás del activo.
Si el activo no genera ingresos claros, no tiene una propuesta de valor diferenciada o no resuelve una necesidad real del mercado, el token por sí solo no puede compensar esa debilidad. Ningún esquema de tokenomics, por sofisticado que sea, puede sustituir la ausencia de un modelo económico sólido.
En este sentido, el orden de construcción importa. Primero debe existir el negocio: un activo con demanda, ingresos y una lógica económica clara. Luego, la estructura digital puede potenciarlo, hacerlo más accesible o eficiente. Pero no al revés.
Tokenizar un activo no lo vuelve valioso. Sólo vuelve visible si realmente lo es.
El desafío para los activos digitales en la región no es tecnológico. Tampoco es únicamente regulatorio. Es, sobre todo, económico. Se trata de construir modelos que generen valor real y, a partir de ahí, desarrollar mercados donde ese valor pueda intercambiarse.
Porque al final, más allá del diseño del token, lo que determina el éxito de un activo es algo mucho más simple: que alguien quiera comprarlo cuando otro quiera vender.
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