En los últimos años, el auge de las stablecoins en América Latina ha sido innegable. Países como Argentina y Venezuela han visto cómo estos activos digitales se convierten en una alternativa cotidiana para proteger el poder adquisitivo y facilitar transacciones. De acuerdo con reportes de Chainalysis, la región movió cerca de USD 1,5 billones en volumen cripto entre 2022 y 2025, con un crecimiento del 63,0% interanual, impulsado principalmente por casos de uso reales y no especulativos.
En este contexto, es común escuchar que las stablecoins están desplazando a bitcoin. Pero esta lectura es superficial. Bitcoin y las stablecoins no compiten: cumplen funciones radicalmente distintas.
Bitcoin es, ante todo, un activo de reserva. Su diseño responde a principios de la economía austríaca, donde el valor se deriva de la escasez. Con un suministro limitado a 21 millones de unidades y un proceso de emisión decreciente mediante el halving cada cuatro años, bitcoin representa un activo único en la historia financiera. Su respaldo no depende de gobiernos ni de activos tradicionales, sino de energía y de un sistema descentralizado que garantiza su seguridad.
Esa misma naturaleza es la que condiciona su uso cotidiano. Aunque existen desarrollos como Lightning Network, que permiten realizar transacciones rápidas y de bajo costo, ampliando significativamente su capacidad como medio de pago, la realidad es que el comportamiento del usuario tiende en otra dirección.
Cuando una persona entiende profundamente bitcoin, no suele verlo como dinero para gastar en el día a día, sino como un activo para conservar en el tiempo. Es decir, como una reserva de valor que se aprecia, no como una moneda que se deprecia.
Esto no significa que bitcoin no pueda utilizarse para pagos —de hecho, la tecnología ya lo permite—, sino que su diseño incentiva el ahorro. En lugar de utilizarlo para pequeñas transacciones, muchos usuarios prefieren mantenerlo durante años y utilizarlo en el futuro para adquirir activos de mayor valor, como propiedades, vehículos, acciones u otras inversiones.
Aquí es donde entran las stablecoins
A diferencia de bitcoin, las stablecoins están diseñadas para mantener estabilidad de precio. Están respaldadas por reservas en dólares estadounidenses u otros activos como bonos del Tesoro o incluso oro, lo que las convierte en una representación digital del dinero fiduciario. Su utilidad no radica en la escasez, sino en la estabilidad.
Esto las vuelve especialmente relevantes en economías con inflación alta. En Argentina, por ejemplo, el uso de stablecoins domina gran parte del volumen cripto como mecanismo de acceso al dólar estadounidense, una tendencia documentada tanto por Chainalysis como por el Crypto Landscape Report de Bitso, en un contexto de controles cambiarios y alta inflación. En Venezuela, medios como El País han reportado que hasta el 47% de las transacciones menores a USD 10.000 se realizan con stablecoins, consolidándose como una infraestructura monetaria paralela.
A nivel global, firmas como TRM Labs estiman que las stablecoins ya representan alrededor del 30% del volumen total del mercado cripto. Su rol en la liquidez es fundamental: permiten mover valor de forma rápida, estable y predecible, algo que resulta clave en mercados donde la volatilidad es un factor determinante.
Desde esta perspectiva, la relación entre bitcoin y las stablecoins es evidente. Bitcoin funciona como reserva de valor, mientras que las stablecoins actúan como medio de intercambio.
Incluso las cifras de mercado reflejan esta diferencia de rol. Actualmente, la capitalización de bitcoin ronda los USD 1,35 billones, mientras que Tether, la principal stablecoin, alcanza los USD 183.610 millones. No se trata de competir por tamaño, sino de ocupar distintos espacios dentro del sistema.
Pensar que uno reemplazará al otro es no entender su diseño.
Bitcoin protege contra la inflación a largo plazo; las stablecoins permiten operar en el corto plazo. Bitcoin representa la escasez; las stablecoins, la estabilidad. Bitcoin es ahorro; las stablecoins, liquidez.
En economías como las latinoamericanas, donde coexisten inflación, devaluación y restricciones financieras, esta complementariedad no sólo es evidente, sino necesaria.
Porque, al final, no se trata de elegir entre uno u otro. Se trata de entender que el futuro financiero —especialmente en mercados emergentes— probablemente se construya con ambos.
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